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Historias de agua, puentes, túneles y cuevas.

Algunas de estas historias son reales y otras no tan verdaderas. Son leyendas, anécdotas, sucesos históricos y pintorescos sucedidos en la ciudad de Coatepec.

Historias de puentes
Hubo un tiempo en que el rumor del agua podía oírse por muchos de los rumbos de Coatepec. Los ríos siguen ahí, pero el tráfico ahoga su murmullo.
Y para cruzar los ríos se hicieron puentes, acontecimiento lógico y previsible dadas las circunstancias. Estos puentes fueron escenario de muchas historias, unas cotidianas y otras no tanto e, incluso, de alguna fantástica.

El Puente del Diablo
El más antiguo de nuestros puentes, y también uno de nuestros monumentos históricos más veteranos, pues data del siglo XVI, es el llamado Puente del Diablo, que cruza el río Sordo a la altura del poblado de Puerto Rico. Cuenta la leyenda que fue construido en una sola noche por el mismísimo Lucifer, quien esperaba recibir en pago por la obra el alma confusa y caprichosa de Don Francisco de la Higuera, dueño del mayor y más antiguo ingenio de la región, el de La Santísima Trinidad, mejor conocido como El Grande.

Resulta que el tal caballero andaba prendado de una linda doncella, quien, además ¡para mayor escándalo! se dice era su sobrina, hija de su hermano. El río había crecido a consecuencia de una tormenta y se había llevado el puente, por aquel entonces hecho de tablas. No pudiendo resistirse a la idea de acudir a la cita con su amada, don Francisco clamó a los cielos y los infiernos a ver si alguien le ofrecía solución inmediata a sus problemas. Del cielo no le respondieron, pues el motivo de sus cuitas se les hacía medio incestuoso, o cuando menos pecaminoso, además de no estar en su política atender asuntos tan mundanos. A los del infierno no les pareció tan mala idea, pues las ganancias resultaban tentadoras: ayudar a un pecador y, además, asegurarse un alma completita a un precio razonable. Así que Satanás no se hizo de rogar. Se presentó en el lugar y ofreció sus servicios de ingeniería, propuso la tarifa acostumbrada en tales circunstancias: el alma del contratante,  y marcó un plazo para la entrega de la obra: antes del canto del gallo. A don Franciso, cuando vio que la cosa iba en serio, le dio por arrepentirse y comenzó a buscar la forma de librarse del compromiso. Quién sabe si un ángel tratando de recuperar un alma para su equipo, o la nana del caballero, que aún seguía cuidándole las travesuras, o él mismo –no hay leyenda sin varias versiones de la misma historia-  pero alguien tuvo la brillante idea de despertar a los gallos antes de hora, con lo cual venció el plazo sin estar terminada la obra. Marchose el Diablo, como acostumbra, con el rabo entre las patas; quedó el caballero con un puente nuevecito aunque faltándole algunos detalles, cosa también común, con el alma libre de hipoteca y demasiado escarmentado como para seguir adelante con sus amorosas pretensiones. Se dice que en el arco del puente se puede apreciar todavía la huella de una mano que sería la firma del Diablo, además de prueba indiscutible de su origen sobrenatural.

El Grande y El Chico
El protagonista de la historia anterior habría sido el hijo mayor de don Francisco Hernández de la Higuera, fundador del ingenio de la Santísima Trinidad. Dos de sus hijos y herederos serían conocidos como el grande y el chico. Sus posesiones empezaron a ser llamadas entonces por sus respectivos apodos. Así, hasta hoy se conservan los nombres de El Grande y El Chico para sendas congregaciones, la primera dentro del municipio de Coatepec, la segunda perteneciente a Emiliano Zapata.

El Puente Nuevo y la insurgencia coatepecana
Una de las hazañas más renombradas de la época insurgente en la región la protagonizaron un puente, un cañón y el sacristán de la parroquia.
Se dice que en 1811 las tropas realistas venían a tomar la ciudad al mando del sargento Antonio Fajardo. Llegando al puente que se conoce como Nuevo, sobre el río Pixquiac, fueron recibidos por los insurgentes, encabezados por el sacristán de la parroquia de San Jerónimo, conocido como “tío Bachichas”. Éstos les obsequiaron los cañonazos del Toro Pinto, un cañón de madera forrado con la piel de un toro que previamente había alimentado a la tropa.
Los insurgentes coatepecanos salieron victoriosos del incidente aunque, si bien los realistas se retiraron por el momento afectados por las bajas sufridas, lograron derrotar a los alzados en las lomas de La Orduña y tomar la ciudad, ganando la batalla, que no la guerra. El final de esta historia es bien conocido…
Por cierto, este puente fue nuevo varias veces, pues en numerosas ocasiones las crecidas del río se lo llevaron aguas abajo.

El puente de los Pintores
Hubo una vez unos pintores de renombre que fueron requeridos para restaurar las pinturas de la parroquia. Éstos, concluida su jornada, dirigíanse a una poza a refrescarse y limpiarse. Esta poza y el puente que se encuentra junto a ella, e incluso el río, acabaron conociéndose por el nombre genérico de aquellos personajes. Por cierto, el encanto del lugar ha seguido atrayendo a los colegas del gremio del pincel, que lo han tomado y siguen tomando como motivo para sus obras.

El puente de la Mascota
Más que puente son ruinas y, a decir de la gente, ésta es su historia. Se dice que hubo un personaje acaudalado que, prendado del lugar, compró una buena cantidad de tierras y fundó en ellas un rancho. Como el río Huehueyapan las cruzaba, decidió construir un puente para salvar su cauce. No escatimó en gastos, de forma que el puente resultó magnífico. El tal personaje, convencido de la calidad de la obra y bien pagado de sí, el día de la inauguración, en el discurso que diera sobre el puente, lanzó un reto a los elementos. Éstos respondieron en el acto con una tormenta repentina y una tremenda riada que destruyó el puente, arrastrándolo aguas abajo con todo y su orgulloso propietario, del quien nunca más se supo. Como testimonio de ello quedan los restos de la construcción.
Un puente que son dos
Existe una congregación en Coatepec con el curioso nombre de Las Puentes. Sobre el río Huehueyapan, un puente da entrada a la población. ¿Por qué ese nombre doble? Simplemente hubo un tiempo en que dos fueron los puentes, luego unidos en una sola estructura que conserva en su nombre el doble origen.

El mundo subterráneo: de cuevas y túneles

La cueva encantada: puerta al inframundo a la orilla del camino
Existe, a un lado del camino que da subida al mirador que se encuentra en la cima del Cerro de las Culebras, una cueva que suele ser ignorada por la mayoría. Existe una leyenda según la cual a través de ella se llegaría a una cámara que contiene un tesoro prehispánico. Éste estaría al cuidado de una monstruosa serpiente que, a lo largo de la historia, habría sido responsable de desgracias ocurridas a algunas personas que rondaron la cueva.

Pasajes subterráneos
He aquí una situación real que, a fuerza de contarse como rumor, acabó por percibirse como tal. La existencia de algunos pasajes subterráneos entre casas del centro de la población, corroborada por arquitectos, se exageró en el imaginario popular, amén de transmitirse como verdad legendaria. La inestabilidad que reinó en el país hasta bien entrado el siglo XX dio lugar a que quien tuviera algo que esconder, ya fuera grano, oro o mujeres, buscara la forma de hacerlo. Estos pasajes vieron pasar revoltosos de varias tendencias, algún acaudalado ciudadano que evitaba así contribuciones “voluntarias” a cualquiera de las causas y a familias piadosas que se reunían a escondidas para realizar cultos católicos en los tiempos de las políticas anticlericales.
La imaginación popular ha querido ver el pueblo como una especie de queso gruyere y se habla de túneles que atraviesan el Cerro. Es un tanto exagerado. Alguno de estos túneles llegarían tan sólo a las faldas del mismo, lo justo para escapar de la población sin ser detenido en sus calles.